Viajar a la velocidad de la luz

3 10 2015

Reproduzco aquí el artículo del científico mexicano que postuló la posibilidad de viajar a la velocidad de la luz: Miguel Alcubierre Moya

Viajando a la velocidad de la luz: Mis experiencias con la difusión de la ciencia
Por Miguel Alcubierre Moya*
 
Desde que tenía 13 o 14 años he sido un gran lector. Sin embargo el tema de mis lecturas goza en general de mala reputación entre muchos académicos y literatos. Soy fanático de la ciencia ficción y de la divulgación científica. Me devoré cuantos libros de Isaac Asimov cayeron en mis manos. Asimov, para mi fortuna, fue no sólo uno de los más prolíficos e imaginativos autores de ciencia ficción, sino también un gran divulgador de la ciencia.
 
Realicé mis estudios de doctorado en física en la Universidad de Gales, en el Reino Unido. Mi área de estudio fue (y sigue siendo) la relatividad general, es decir, la teoría moderna de la gravitación postulada por Einstein en 1915. En particular mi trabajo de doctorado se relacionaba con la simulación numérica de colisiones de agujeros negros, un tema ya de por sí bastante especializado, pero que aunque suene un tanto cuanto esotérico en realidad es parte de lo que podríamos llamar ciencia estándar. Mi afición por la ciencia ficción se mantuvo firme, y un buen día se cruzó de lleno con mi trabajo científico.
 
Una tarde que disfrutaba de la serie de televisión Viaje a las estrellas (sí, debo de confesar que también soy un trekkie), me vino de pronto a la mente la pregunta de si sería posible utilizar la relatividad para encontrar la manera de viajar más rápido que la luz, como los héroes de la pantalla hacían regularmente muy quitados de la pena, en flagrante contradicción con las leyes de la física. Esta idea puede parecer extraña a quien haya oído hablar un poco de la relatividad, pues es precisamente la relatividad la que prohíbe viajar más rápido que la luz. Resulta que la relatividad también nos dice que es posible alterar la geometría del espacio y el flujo del tiempo, lo que da lugar a fenómenos físicos verdaderamente extraños, como los agujeros negros de mi tesis doctoral. El resultado de mis especulaciones fue el feliz descubrimiento de que no era difícil encontrar una manera de distorsionar al espacio que permitiría a un objeto viajar más rápido que la luz. Pero había un precio a pagar: Las ecuaciones mostraban que la distorsión necesaria requeriría de la existencia de la “antigravedad”, que hasta donde sabemos, no existe. El resultado no pasaba entonces de ser una divertida curiosidad matemática, sin mayor aplicación práctica. Aun así, decidí acercarme a mi asesor y comentarle la idea, un poco preocupado de que me dijera que dejara de perder el tiempo en tonterías y me dedicara a mi doctorado. Para mi sorpresa, mi asesor encontró la idea divertida y me ayudó a publicarla en una revista científica especializada, y asunto terminado. O eso pensaba yo.
 
A los pocos días de la publicación del artículo, me encontré con la sorpresa de que una nota en una revista de divulgación mencionaba mi trabajo. Me llamó la atención darme cuenta de que los editores de esta revista leen la literatura científica especializada en búsqueda de “noticias científicas” de interés para el público en general. Pero la cosa no se detuvo ahí. Semanas más tarde un amigo llegó corriendo con el disco más reciente del músico Mike Oldfield. El disco se inspiraba en una novela de otro gran autor de ciencia ficción, Arthur C. Clarke, y en la solapa aparecía una nota escrita por el mismo Clarke en la que mencionaba mi trabajo. Salí a comprar el disco enseguida (y le regalé una copia a mi mamá). Y así empezó la bola de nieve. Revistas, estaciones de radio y estaciones de televisión empezaron a buscarme para hacer entrevistas.
 
Discovery Channel me entrevistó para uno de sus programas y para mayor impacto visual me pidieron montarme en una bicicleta y mantener el equilibrio frente una pantalla azul que luego les permitiría poner un bonito fondo de estrellas. No saben lo difícil que es no caerse de una bicicleta que no se mueve, por poco me rompo los dientes varias veces. Mis 15 minutos de fama habían llegado. A la fecha, 10 años después, sigo recibiendo invitaciones a entrevistas y charlas, y me llegan mensajes electrónicos de estudiantes de secundaria de diversos lugares del mundo. Lo más curioso ha sido que todo esto se ha debido a uno solo de mis trabajos, uno con un tema alejado de mi tesis doctoral, y también lejano de mi trabajo de investigación actual. Un tema que resultó ser a la vez “llamativo” para la prensa, pero mal visto por la academia, motivado como fue por la ciencia ficción (lo que me ha causado no pocos dolores de cabeza).
 
Mi experiencia con los medios de comunicación y la prensa científica me ha dado dos lecciones importantes. La primera ha sido descubrir la importancia de dar a conocer el trabajo de los científicos al público en general. La ciencia es parte de la cultura humana y sus resultados son de interés para todos. Los científicos tenemos la responsabilidad de salir de nuestros laboratorios y cubículos, de nuestras torres de marfil, y de divulgar nuestro trabajo. La otra lección es similar, pero muestra el otro lado de la moneda. Los científicos también debemos educar a la prensa científica y enseñarle que no sólo los resultados “llamativos” son importantes. La ciencia del día a día, de los avances lentos y trabajosos, también debería tener un lugar importante en la difusión y la divulgación. Finalmente, es así como el conocimiento científico avanza, a paso lento todos los días, con algún ocasional salto un poco más largo.
 
*Departamento de Gravitación y Teoría de Campos / Instituto de Ciencias Nucleares.

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